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El cuento de nunca acabar
7 agosto 2008

La precariedad del mundo laboral de los músicos es la base de un artículo de Antoni Mas, presidente de UMC-ROAIM y consejero de AIE, en que aboga por la creación de cooperativas de músicos.

1º DE LO LABORAL

Vamos a ver si fabulando se nos entiende algo mejor. Los integrantes del mundillo artístico, a veces también llamados faranduleros, tienen asumida la precariedad que acompaña sus relaciones laborales con la misma resignación que el perro flaco la compañía de sus pulgas.

También se rascan y se sacuden de vez en cuando. Los pocos que van tirando, si caen en ello, complementan sus magras prestaciones a base de rascarse los bolsillos. Los demás, simplemente se olvidan del futuro, razonando que ya se presenta bastante complicado el día de hoy como para andar preocupándose por el de mañana. Ambos (no el perro y los artistas, sino los dos tipos de artistas) achacan estos males a las fatales consecuencias de una normativa laboral obsoleta y de difícil aplicación en las circunstancias actuales.

Algo hay de cierto: el hecho de que los trámites para contratar la actuación –bolo de un artista sean equivalentes a los que se necesitan para la contratación fija de cualquier trabajador, demuestra que el sistema, como mínimo comparativamente, resulta poco operativo. Aunque los tiros no van por ahí. O, si acaso, no van todos en esta dirección. Porque las mencionadas dificultades administrativas son precisamente el escudo tras el que se han venido parapetando los organizadores de espectáculos que pretenden olvidarse de sus obligaciones laborales y, por qué no reconocerlo, los músicos y artistas acomodados a este juego que permite evadirse de las responsabilidades fiscales. Ésta es la verdadera causa de la precariedad laboral. Los defectos del sistema, no son más que una simple tapadera.

2º DE LO MERCANTIL

De lo que sí se puede responsabilizar totalmente a la complejidad del sistema laboral, es del hecho de que los organizadores de espectáculos, en el momento que decidieron o se vieron obligados a justificar sus gastos, optaran unánimemente por la prestación de servicios. Como prueba de ello, basta comprobar que los ayuntamientos prefieren soportar un IVA que no podrán recuperar, antes que hacer frente a los trámites inherentes a la contratación laboral que les libraría de este impuesto.

En cualquier caso, la aparición de la moda mercantil obligó a músicos y artistas a facturar sus actuaciones. Tenían dos soluciones. Las dos eran malas. A título individual, podían optar por darse de alta en el Régimen Especial de Autónomos y facturar como tales. Digo mala, porque la consideración de los artistas y los músicos como trabajadores por cuenta ajena les obliga, obviamente, a ser contratados por otro agente y, en consecuencia, no “podrían” ser autónomos. Y uso el condicional dado que –como mal menor, supongo la administración hace la vista gorda ante los múltiples casos que se dan. También hay que considerar que, a pesar de la tolerancia administrativa, la gran mayoría de músicos y artistas no están en condiciones de asumir la cuota mensual de autónomos. En cuanto a la segunda “solución”, a nivel de grupos o formaciones musicales, pasaría por constituirse como sociedades. La “maldad” en este caso, radica en los costes administrativos, las obligaciones legales y, muy especialmente, en la inestabilidad laboral y la falta de mentalidad empresarial de los músicos que les hace sentir mucho más cómodos actuando como grupos de trabajo.

Las consecuencias, y pruebas a la vez, de la perversidad del sistema mercantil las tenemos en el recital de malas prácticas que se generó en cuanto los músicos y artistas se pusieron a emitir facturas por su cuenta. No las voy a catalogar por archiconocidas, por limitación de espacio y, sobre todo, para evitar que se disparen los síntomas depresivos que me acechan cada vez que trato este tema.

Como conclusión del segundo capítulo podríamos afirmar que el colectivo artístico ha dejado de quemarse en el fuego para asarse en las brasas. Y quizás las quemaduras hayan aumentado su graduación ya que, además de seguir con la precariedad de siempre, estamos haciendo nuestras, o como mínimo compartiendo con la parte contratante, las responsabilidades que con el sistema laboral eran suyas en exclusividad.

3º DE LA AUTOREGULARIZACIÓN

Seguramente que en virtud del consabido principio según el cual el hambre agudiza el ingenio, al final han sido los propios músicos y artistas quienes han dado con una solución a su problema.

Conste que digo “una” y no “la” solución. O quizás debería decir “solución alternativa”, ya que sólo sirve para salir del paso. En cualquier caso, el apaño nos pone a cubierto de las responsabilidades que se podrían derivar de las malas prácticas, nos permite acceder a nuestros derechos sociales, resulta más o menos asequible y, encima, es cómoda. Los que no son del ramo quizás no lo van a entender, pero puedo asegurar que esta última condición es la más apreciada por los artistas, que por algo lo son.

El sistema funciona a base de la creación de sociedades cooperativas de las cuales los músicos forman parte como socios-trabajadores. Estas cooperativas son las que facturan las actuaciones, repercuten el IVA, dan las altas en la Seguridad Social, practican la retención del IRPF y, finalmente, pagan al músico y/o artista al que libran un certificado anual de ingresos para presentar al declarar la renta. Ésta es la única gestión de la que deben preocuparse los socios, tanto si cotizan en el Régimen General como en el de Autónomos.

El modelo se ha venido aplicando en Cataluña desde el año 1997 a través del Grupo de Gestión Musicat que ahora mismo cuenta con 3.500 socios, factura unos 15.000.000 de euros anuales y gestiona unos 60.000 días-alta en la Seguridad Social por ejercicio.

Este modelo se ha implantado también en Madrid con la reciente creación de las cooperativas del grupo Músicos Trabajando Unidos y se pretende desarrollar en el resto de autonomías con la aplicación del Plan de Normalización Laboral impulsado por ROAIM con el soporte institucional de AIE.

La intención final es fomentar el asociacionismo entre los músicos y artistas en las distintas comunidades para que, a través de un nexo común, puedan llegar a constituir un órgano representativo de la profesión a nivel nacional, capaz de proponer y exigir soluciones válidas a los múltiples problemas que les afectan. Y si todo va como debería ir, quizás podamos entonar finalmente el colorín, colorado... este cuento se ha acabado. ¡Pero que sea de una puñetera vez!.


Antoni Mas Bou. Músico, compositor, presidente de la Unió de Músics de Catalunya (UMC-ROAIM) y consejero de AIE. En la imagen, Mas flanqueado por los músicos Santi Arisa y Salvador Escribà, durante la presentación del portal musicat.cat.


Foto © by NoticiasClave.com


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